jueves, 5 de julio de 2018

Cómo se capacitan los trabajadores del cerebro - Capítulo 16



CAPÍTULO 16 
CÓMO SE CAPACITAN LOS TRABAJADORES DEL CEREBRO 

Aunque los pequeños trabajadores del cerebro son simples células nerviosas, la futura belleza del Templo, depende completamente de cómo hayas entrenado a tus respectivos trabajadores. Un bebé recién nacido en una cuna, que patea y emite sólo gemidos, puede estar más ocupado que tú. Todas sus energías están trabajando duro para tratar de enseñar a las células nerviosas jóvenes sobre sus tareas. Cada vez que el bebé hace un nuevo movimiento o hace un sonido nuevo, nuevos grupos de células nerviosas han sido llamados al trabajo. 
Te das cuenta de que día a día el niño hace movimientos más controlados y emite sonidos más comprensibles. Como se expresó anteriormente, las células nerviosas, como cualquier otro trabajador, aprenden sus tareas con la práctica. Sin embargo, dichas células no son capaces de pensar, ellas no pueden saber qué hacer al principio, pero pueden recordar lo que les dices. 
Algunas veces ellas recuerdan aún más y mejor de lo que imaginas. Esto pone toda la responsabilidad en ti, pues las células nerviosas recuerdan exactamente todo lo que les hayas enseñado. Cada célula nerviosa es capaz de aprender sólo una tarea y, desde ese momento, debe funcionar de la manera que quieras. Si quieres que ella detenga sus deberes, debes entrenar a otras células nerviosas para hacer el nuevo trabajo de la manera correcta, aislando e ignorando la anterior célula, que sin embargo continuará haciendo su trabajo incorrecto por un cierto período, sin haber recibido alguna orden, pero pronto se desalentará y detendrá su actividad. 
Será mucho mejor para ti haber perdido algunas células que hicieron mal su tarea, pero será aún más útil entrenar correctamente tus células desde el principio, para que crezcan fuertes y capaces de hacer su trabajo mejor. Los pequeños trabajadores del cerebro que están en el Templo viviente, no sólo hacen el trabajo que han aprendido, sino que también crean caminos en el cerebro, a través de los cuales los mensajes pueden entrar y salir. 
Estos caminos se crean en la sustancia del cerebro, y es fácil seguirlos como un tren sigue los rieles, por lo que es imposible que el mensaje no llegue a su destino. Los caminos más transitados son los que poseen autonomía, es decir, todos esos movimientos realizados sin la necesidad de impartir órdenes directas, como caminar, correr, vestirse y lavarse. En tales casos, tus células nerviosas están haciendo su trabajo sin recibir tus órdenes particulares, simplemente van siguiendo tus hábitos. Si algo los interrumpe, quedan esperando nuevas órdenes. Tú puedes inmediatamente notar algo diferente si tienes que dar órdenes que no son las habituales. 
Por ejemplo, una persona alcohólica ha trazado caminos profundos de hábitos dañinos en su propio cerebro. Sus células nerviosas de olor y sabor han requerido un largo tiempo para enviar mensajes en el camino de dar alertas de riesgo, pero que ahora ya no hace ni aun recibiendo otros mensajes enviados por cualquier otra ruta. Si tu mente, en tu Sancta Sanctorum, pudiera enviar un ‘no’ cuando esas células nerviosas claman que ‘sí’, tal negación debería ganarse su propio terreno pero a través de superar enormes obstáculos. Por el contrario, el camino que suelen perseguir está ya muy facilitado. Esta es la razón por la cual sólo unos pocos alcohólicos son capaces de abandonar su vicio. 
Las vías o caminos que las células nerviosas crean en tu cerebro hasta los veinticinco años, determinan en gran parte tu personalidad. Determinan qué tipo de hombre o mujer serás en la vida y qué tipo de Templo viviente construirás. Cuanto más joven eres, más fácil te resulta darle forma a estos caminos según tus gustos. Los primeros hábitos que se adquieren tienen la mayor influencia en la vida. 
Si quieres disfrutar de la música cuando seas un hombre adulto, tendrás que aprender a apreciarla mientras seas un niño. Si deseas hablar bien el idioma cuando seas grande, tendrás que ejercitar las respectivas células nerviosas adecuadamente cuando aún seas joven. Si deseas repeler las tentaciones de los sentidos, debes crear una ruta para el ‘no’ en tu cerebro y tienes que hacerlo lo antes posible. 
¿Sabes por qué algunos de tus compañeros pueden recordar cosas mejor que tú? Debido a que sus células nerviosas han sido entrenadas mejor que las tuyas. Al tomar fotos, los fotógrafos son muy cuidadosos de tener una buena exposición, para no obtener una foto borrosa. Lo mismo ocurre con las fotos tomadas por la cámara viviente: el ojo. Si las imágenes no están bien grabadas, se desvanecen. 
Un niño puede observar una palabra varias veces y olvidarse de ella inmediatamente. Otro la mira por unos segundos y la recuerda. El primero ha observado la palabra sin ninguna atención, sin dar la exposición suficiente. La imagen de su cerebro fue vaga y por ello desapareció de inmediato. El segundo chico, en cambio, se concentró completamente en la palabra, observándola con cuidado y por ello la imagen se ha mantenido clara y definida, sin desvanecerse, lista para ser recordada a través de la memoria en cualquier momento. 
Es importante comenzar inmediatamente a enseñar a las células nerviosas la investigación de lo hermoso y útil, porque los efectos de estas enseñanzas serán visibles en el curso de la vida; si se ha perseguido algún camino negativo, cuando esté allí se dará cuenta de esto pero será demasiado tarde. 
Durante la madurez, cuando cierras los ojos y preguntas a las células de la vista que te muestren imágenes de tu infancia y juventud, ellas te mostrarán tu vieja casa, la cara de tu madre, el jardín donde solías jugar, el edificio y el escritorio de tu escuela entre otros recuerdos. Si estas imágenes se cargaron con sentimientos de alegría, amor y paz, serás feliz. 
Con el tiempo, cuando te acuestes en el sillón y preguntes a tus células auditivas para desempolvar cuánto han archivado, sin duda serás feliz si fueras capaz de escuchar nuevamente palabras amables, voces sinceras y recordar bellas melodías. Las pequeñas células nerviosas del cerebro han almacenado en la memoria todo lo que has visto, escuchado, gustado y olido, tocado o pensado y lo que hayas estudiado, aprendido o hecho desde el primer día de tu vida. 
Pero no archivaron lo que no aprendieron ni les enseñaron. Si no has aprendido a leer, escribir, hablar, tocar instrumentos musicales, usar herramientas, a lanzar una pelota acertadamente, o a coser bien y rápidamente, si no observaste bellas imágenes o no escuchaste buena música, si no has aprendido a auto controlarte y a amar la verdad, si no has comprometido a las células nerviosas de tu cerebro en estas actividades cuando aún eras joven, no podrás hacerlo más cuando hayas envejecido: será demasiado tarde. El refrán dice: "¡No puedes enseñarle trucos nuevos a un perro viejo!". 
Las células nerviosas, al igual que todos los demás trabajadores, tienen que ser capacitadas, de lo contrario, ellas no pueden crecer. Si no las utilizas, se desgastan y luego pueden perder su habilidad para trabajar. El topo ha vivido bajo tierra durante tanto tiempo que se ha vuelto casi ciego. Se dice que los peces que viven en una gran caverna sin luz, no tienen el don de la vista. 
Si no usas tus músculos, se debilitan más y más hasta que se vuelven inútiles. Lo mismo sucede con las células nerviosas. Tienes que hacer que trabajen cuando todavía te sientas joven y fuerte. Tienes que poner muchos grupos diferentes de trabajadores en el trabajo, para cuando desees tenerlos listos para servirte durante tu madurez y vejez. 
Además, las células nerviosas se cansan: pierden la forma, se encogen, retroceden sus brazos y piernas y se niegan a comunicarse con otras células. En pocas palabras, se comportan como cualquier otro trabajador cansado. Incluso si no es estimulada, su energía es de corta duración. Tales pequeños trabajadores son entrenados por ti. Los hábitos que ellos tienen, muestran lo que en verdad eres, lo que han sido tus pensamientos y tus deseos en el pasado, y lo que son ahora. En la práctica, revelan tu carácter.

del libro
La Historia de Un Templo Viviente 
UN ESTUDIO DEL CUERPO HUMANO 
FREDERICK M. ROSSITER, B S., M.D. Y MARY HENRY ROSSITER, A.M.

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