martes, 8 de noviembre de 2016

El sacrificio anual de Cristo - Capítulo II


Capítulo II
EL SACRIFICIO ANUAL DE CRISTO

¿Se ha encontrado alguna vez el lector al lado del lecho de un amigo o pariente que se encontrase moribundo y pasando al más allá? A muchos de nosotros nos ha tocado ser partícipes de estas escenas, porque ¿cuál es la casa en la que no ha entrado la muerte? Tampoco es desconocida la fase siguiente de la agonía hacia la cual quiero llamar particularmente la atención. La persona que está para morir, muy a menudo cae en un estupor; entonces despierta y ve, no solamente este mundo, sino el mundo en el cual está para entrar; y es muy significativo que entonces el moribundo vea seres que fueron sus amigos o parientes durante la primera parte de su vida –hijos, esposa quizá y algunos otros queridos para él– que están alrededor de su lecho en espera que cruce la frontera. La madre estrechará amorosamente entre sus brazos al hijo que murió mucho antes y le dirá palabras que parecerán incoherentes a los que la escuchen y estén todavía en cuerpo físico, pero que son perfectamente justificadas para ella y de igual modo reconocerá a uno y a otro de los que pasaron antes al más allá. Todos estos seres queridos están reunidos al lado dé su cama esperando a que se reúna con ellos, impulsados por el mismo sentimiento que se apodera de los vivos aquí cuando un niño está para nacer en nuestro mundo, haciéndoles sentirse gozosos a su arribo debido a que sienten instintivamente que el que se acerca es un buen amigo que viene a ellos.

Así, también, las personas que han pasado antes al más allá se reúnen cuando un amigo está para cruzar la línea fronteriza y para unirse con ellos en la otra parte del velo. De este modo vemos que el nacimiento en un mundo es la muerte desde el punto de vista del otro; el niño que viene a nosotros ha muerto para el mundo espiritual y la persona que muere y desaparece de nuestro lado para penetrar en el más allá, nace en un nuevo mundo y se reúne con los amigos de allí.

“Como arriba, así es abajo”; la ley de analogía, que es la misma para el microcosmos que para el Macrocosmos, nos dice que lo que pasa a los seres humanos, bajo unas condiciones dadas, debe aplicarse también a lo suprahumano bajo circunstancias análogas. Ahora nos estamos acercando al solsticio de invierno; los días más oscuros del año; la época en que la luz del Sol está casi deslumbrada; cuando nuestro hemisferio septentrional está frío y triste. Pero en la noche más larga y más oscura, el Sol vira en su sendero hacia arriba; la luz de Cristo ha nacido otra vez para la Tierra y ante su brillo el mundo se regocija. Por los términos de nuestra analogía, sin embargo, cuando el Cristo nace en la Tierra muere para los Cielos. Al igual que el espíritu libre está en el momento de nacer final y firmemente incrustado en el velo de la carne que lo aprisiona durante toda la vida, así también el Espíritu de Cristo está aprisionado y encadenado cada vez que Él nace en la Tierra. Este gran sacrificio anual empieza cuando las campanas de Navidad están sonando; cuando nuestros cánticos gozosos de oración y agradecimiento ascienden al cielo. Cristo queda aprisionado en el sentido más literal de la palabra desde Navidad a Semana Santa.

Los hombres pueden burlarse de la idea de que hay un influjo de vida y luz espiritual en esta época del año; sin embargo, el hecho existe y es verdad tanto si lo creemos como si no. Todos y cada uno en el mundo, en esta época, nos sentimos más ligeros; sentimos como si un peso se hubiera arrojado de nuestros hombros. El espíritu de “paz sobre la Tierra y buena voluntad entre los hombres” prevalece; el espíritu de que nosotros debemos dar algo se expresa también en los regalos de Navidad. Este espíritu no debe ser negado, pues es patente para cualquiera que sea un poco observador, y esto es en sí un reflejo de la gran oleada divina de dádiva. Dios ama de tal modo al mundo que le dio Su Hijo Unigénito. Navidad es la época de las dádivas, aunque no se consuma hasta Pascua de Resurrección; éste es el cruce, el punto de vuelta, el lugar donde nosotros sentimos que algo ha sucedido que nos asegura la prosperidad y la continuación del mundo.

¡Cuán diferente es el sentimiento de Navidad de aquel que se manifiesta por la Semana Santa! En esta última época hay un deseo, una exuberancia de energía que se expresa en amor sexual, con un deseo de la perpetuación de la especie como nota característica, y, por lo tanto, vemos cuán diferente es esta sensación del otro amor que se expresa en el espíritu de dádiva que notamos por Navidad, en preferencia al espíritu de recibir.

Y ahora observemos las iglesias y veremos que nunca las velas arden en ellas tan brillantemente como en los días más cortos y más oscuros del año. Tampoco nunca las campanas suenan tan alegres y con un ton tan festivo como cuando están cantando su mensaje al mundo que espera al que le dicen: “¡Cristo ha nacido!”

“Dios es Luz” dijo el apóstol inspirado, y no hay otra descripción capaz de encerrar de un modo tan completo la naturaleza de Dios como estas tres cortas palabras.

La invisible luz que está encerrada en la llama que arde en el altar, es una representación adecuada de Dios, el Padre. En las campanas tenemos un símbolo magnífico del Cristo, la Palabra, porque sus lenguas de metal proclaman el mensaje del Evangelio de paz y buena voluntad, así como el incienso nos brinda un fervor mayor espiritual representando la fuerza del Espíritu Santo. La Trinidad es, pues, simbólicamente, parte de la celebración que hace de Navidad la época espiritual más gozosa del año, desde el punto de vista de la raza humana que está ahora incorporada y actuando en el mundo físico.

Pero no debe olvidarse, como hemos dicho en el primer párrafo de este capítulo, que el nacimiento de Cristo sobre la Tierra representa la muerte de Él para la gloria del cielo; que en el momento en que nosotros nos regocijamos de su venida anual, queda vestido otra vez con el pesado manto físico que nosotros hemos cristalizado a nuestro alrededor y que es nuestro punto de morada: la Tierra. En este pesado cuerpo queda entonces incrustado y aguarda ansiosamente por el día de la final liberación. El lector sabe, por supuesto, que hay días y noches para los espíritus más grandes, así como los hay para los seres humanos; que al igual que nosotros vivimos en nuestro cuerpo durante las horas del día, trabajando y liquidando el destino que hemos creado por nosotros mismos en el mundo físico y que al llegar a la noche quedamos en libertad en el mundo superior para restaurar nuestros desgastes, así también tiene su flujo y reflujo el Espíritu de Cristo. Mora dentro de nuestra Tierra una parte del año y al acabar ésta asciende a los mundos superiores; así, pues, Navidad es para Cristo el comienzo de un día de vida física; el principio de un período de restricción.

Entonces, ¿cuál debe ser la aspiración del devoto y del místico iluminado que concibe la grandeza de sus sacrificios, la grandeza de la dádiva de Dios, que desciende sobre la humanidad en esta época del año, que comprende este gran sacrificio de Cristo por nuestra gracia dándose a sí mismo, sujetándose a una muerte virtual para que nosotros podamos vivir este prodigioso amor que cae sobre nuestra Tierra en esta época, repetimos, ¿cuál debe ser su aspiración? ¿Cuál si no, imitar, aunque nada más sea en una medida ínfima, los trabajos maravillosos de Dios? El aspirante a una vida espiritual debe anhelar hacerse más sirviente de la Cruz que antes, debe seguir más cercanamente a Cristo en todas sus cosas haciendo el sacrificio de sí mismo por sus semejantes, procurando elevar a la humanidad dentro de su inmediata esfera de acción para apresurar y llegar el día de la liberación por el cual el Espíritu de Cristo está aguardando, gimiendo y afanándose. Con esta liberación significamos la liberación permanente, el día y la vuelta de Cristo.

Para concebir esta aspiración en su totalidad, procuremos durante el año venidero seguir sus enseñanzas con una fe y confianza más completas. Si hasta este momento hemos dudado de nuestra capacidad para trabajar por Cristo, hagamos que esta duda desaparezca recordando lo que Él nos dijo: “Trabajos mayores que éstos que yo hago, haréis vosotros también”. ¿Cómo Aquel que era la personificación de la verdad pudiera haber dicho estas cosas si no hubiera sido posible el que se realizasen? Todas estas cosas son posibles para aquellos que aman a Dios. Si nosotros deseamos trabajar realmente en nuestro limitado radio de acción sin que aspiremos a hacer cosas extraordinarias y llamativas hasta que hayamos hecho las que se pongan al alcance de nuestra mano, entonces nos veremos dotados de un maravilloso crecimiento del alma, por el cual podamos alcanzar el hacer obras de más consideración, de modo que las personas que nos rodean vean algo lo cual no son capaces de definir, pero, sin embargo, sea patente para ellos –esto será la luz de Navidad–; verán en nosotros la luz de Cristo recién nacido, brillando dentro de nuestra esfera de acción.

Esto puede ser hecho; depende únicamente de nosotros mismos el que confiemos en las palabras de Cristo para que comprendamos este mandamiento: “Sed, pues, vosotros tan perfectos, como vuestro Padre en los Cielos es perfecto”'. La perfección puede parecernos que está muy lejos de nosotros; puede que nosotros supongamos muy certeramente que nuestros ideales son muy elevados para vivirlos en toda su integridad; de todos modos esforzándonos para vivirlos diariamente, a cada hora, lo alcanzaremos al final, haciendo cada día un pequeño progreso, y comportándonos de este modo, haremos que nuestra luz brille de cierta manera de modo que los hombres vean en nosotros como una luz, un faro, un fanal, en las tinieblas del mundo. Que Dios nos ayude, durante el año venidero para alcanzar una mayor medida de la semejanza de Cristo, que la que hemos alcanzado hasta aquí. Que podamos vivir tales vidas, que cuando otro año se aproxime y veamos brillar nuevamente las luces de Navidad y oigamos las campanas que nos llaman a la misa de gallo de aquella Santa Noche, la Nochebuena, que sintamos entonces que aquel año no ha sido vivido en vano por nosotros.

Cada vez que nos damos a nosotros mismos haciendo algo en beneficio de los demás, añadimos algo al lustre de nuestros cuerpos de alma, los cuales están construidos de éter. Éste es el éter de Cristo que flota ahora en nuestra esfera, y no olvidemos que si deseamos trabajar por su liberación, debemos desarrollar nuestro cuerpo del alma, hasta el punto en que puedan sostener en vilo la Tierra un número suficientemente grande de personas, y de este modo podamos echar su peso sobre nosotros y ahorrarle a Cristo el dolor de pasar existencias físicas.

del libro Temas Rosacruces UNO - publicado por Estudiantes de la Fraternidad Rosacruz de Max Heindel


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